ישראל

Cuando estás en Israel te das cuenta de muchas cosas. Especialmente que los muros, más que nada, son mentales. La primera vez que llegué a Jerusalén estaba lleno de prejuicios y preconceptos. Veía árabaes y judíos, víctimas y victimarios. Pero intuía un país pujante en medio de una región en declive. Y me acordaba de una escena en Montevideo: en un supermercado de Pocitos vi una bolsa de papas de … Israel. En Uruguay. Al otro lado del mundo, en un país privilegiado desde el agro las papas llegaban desde Haifa. ¿Por qué? ¿Por qué no hay uruguayas? Eso me pregunté y se le pregunté a un técnico de Montecarlo TV… ‘Porque hay que agacharse’, me dijo.

Con mi amiga palestina y su amigo judío nos fuimos fumar una pipa de agua a escasos metros de Al Aqsa. La tensión era tal que el aire se cortaba, nos sumamos a unos exguardaespaldas de Arafat, eso me regaló una hora más de atención al salir de Tel Aviv. Pero fui entendiendo. El amigo de mi amiga escribió uno de los libros más importantes para entender ese odio visceral en el país. Él, como judío, tenía una visión fresca, otra visión. Lo que empezaba en esos años a complicar más la situación era la llegada de inmigrantes de Rusia y Argentina con una forma rara de ver el mundo, especialmente ese cohabitar entre los judíos que siempre vivieron ahí o que llegaron en los años 20 del siglo pasado. Me resultó imposible notar una diferencia entre los últimos y los árabes. Esa relación era la más esperanzadora. Hablan árabe y hebreo a la perfección, buscan la convivencia. Están muy lejos de las pin-ups ucranianas del IDF. Muy.

Del otro lado lo mismo. Centenares de miles de palestinos acostumbrados a la convivencia y aquellos menos acostumbrados con una actitud argento-ucraniana que complica el día a día de Israel. A ellos se suman los idiotas. Son los de afuera (que son de palo, obvio) que opinan, desde el desconocimiento. Israel es un milagro. Un milagro que llevó prosperidad a una región en miseria. Que irradia empuje. Los palestinos tienen Cisjordania y Gaza, muchos viven en Israel. Sí, se les sigue tratando mal, especialmente por ese nefasto combo de recién llegados y su visión. Pero no se les trata peor que en los campos de refugiados de Jordania o El Líbano en los que viven desde hace décadas. Israel está lejos de ser abierto, respetoso e incluyente. Pero en esa zona es un bastión del bienestar.

Los izquierdistas de pacotilla no se cansan de repetir su ignorante mantra y de ir a ver (si es que van) lo que quieren ver. Y cuando analizás la forma de esa gente de ver de esa gente te acordás de lo peor en la historia. Son iguales. Definitivamente.

 

Los árabes y judíos de Israel son graciosamente idénticos. No sé cómo se llama la película con Adam Sandler que se ríe de ese aspecto. Y acierta.

El desacierto de Israel es ceder en lo logrado a fuerzas tenebrosas y desde el lado palestino, buscar alianzas con los progre retro de una zurda-trucha sin alma, pero con mucho odio y resentimiento. Me aburrí en Jerusalén, me fui a Tel Aviv, a vivir ese espíritu de libertad único en la región, tal vez alcanzado por Beirut hace medio siglo, ese libertinaje total y ese respeto. Salpicado por los peores radicales en la Knéset y en Gaza. Bañándome en la playa de Haifa, a metros de un cráter de un misil lanzado desde Siria o El Líbano, todo te da igual. Rumbo a la Mezquita te vas con israelíes a comer a un restorán árabe deli y a olvidarte de os imbéciles que opinan sin saber.