#SÍ vs #NO

Colombia entre el sí y el no. En una histórica ceremonia el pasado 26 de septiembre, en la caribeña ciudad de Cartagena de Indias, el Gobierno de Colombia y la guerrilla de las Farc sellaron un acuerdo de paz que pone fin a más de 50 años de conflicto y a una ronda de negociaciones en la capital cubana, La Habana, que se extendieron a lo largo de cuatro años. Este domingo los colombianos acuden a las urnas en un plebiscito que busca ratificar lo acordado en Cartagena. Pero la derecha más recalcitrante se es fiel a sí misma y niega todo apoyo al proceso. Por más raro que suene: en Colombia hay una amplia campaña contra la paz. Se habla de impunidad, de una pregunta tendenciosa y del miedo a una ruptura de un modelo tradicional que Pepe Mujica en una entrevista con Deutsche Welle lo calificó de ‘oligarquía cavernaria’.

La impunidad

La justicia transicional prevé un modelo por el cual, según los opositores, muchos crímenes de los guerrilleros quedarían impunes. Y es que en caso de una confesión de ciertos delitos, del pedir perdón por los actos cometidos, de participar en la reparación de la víctimas y de no reincidir, muchos guerrilleros estarían librados de penas de cárcel. Además, el acuerdo establece que no podrán amnistiarse ni indultarse delitos de lesa humanidad como los establecidos en el estatuto de la Corte Penal Internacional.

El acuerdo no es perfecto, así lo dice el propio Gobierno, pero ha sido firmado un acuerdo que alejó a las Farc definitivamente de las armas. Es fácil intentar minar lo acordado y sembrar el resentimiento – hay mucho resentimiento en Colombia – pero lo acordado en La Habana es la hoja de ruta colombiana para dejar atrás el conflicto armado y centrarse en los muchos problemas de uno de los países más injustos del mundo.

La pregunta

La pregunta es:

¿Apoya usted el acuerdo final para la terminación del conflicto y la construcción de una paz estable y duradera?

El presidente colombiano, la calificó como ‘clara y sencilla. No lo es. Para algunos opositores es tendenciosa y carece de un lenguaje neutro. Queda claro cuando se plantean propuestas alternativas, como la del profesor Thom Brooks, catedrático de Derecho y Gobierno de la Universidad de Derecho de la Universidad de Durham, en Reino Unido en declaraciones a BBC:

¿Apoya o no apoya el acuerdo del gobierno para terminar el conflicto?

No obstante, la sociedad colombiana entendió que – más allá de una pregunta algo innecesariamente inflada – el apoyo al acuerdo es el sí y la negativa, es el no. Tan simple. La campaña de las últimas semanas dejó claro de qué se trata. La pregunta no es ideal, tiene ese toque colombiano de palabras supérfluas, pero sirve. Lo que importa es la respuesta.

El modelo a disposición

Mujica habla correctamente de una ‘oligarquía cavernaria’ en Colombia. El país, distraído por el conflicto armado, mantiene una estructura clasista que lo honra con el penoso título de ser el segundo país más desigual de América, apenas superado por Honduras. En Colombia el 10 por ciento de la población más rica del país gana cuatro veces más que el 40 por ciento más pobre. 

Opacados por la guerra quedan los muchos problemas del país: el colapsado sistema de salud pública sin asistencia para los más necesitados, una inseguridad creciente en zonas urbanas, un sistema de salud pública sin recursos y calidad, contaminación, racismo… Colombia necesita la paz para dejar de ser un país tercermundista y volcar sus recursos humanos y naturales y así poder corresponderle a esas expectativas que genera, pero que no cumple.