Una bofetada para la paz. Al ‘no anuncio’ de Barack Obama de visitar Colombia en marzo – algo que era más que un rumor – se suma ahora la acertada suspensión de las visitas a Colombia a los líderes de las FARC. La fecha del 23 de marzo como deadline para la firma de un tratado de paz se agua cada vez más y Colombia podría perder ese ya desteñido halo de país fashion y volver a ser la Colombia de toda la vida, poco fiable, oscura, bananera …

Antes de seguir tengo que dejar claro que amo a Colombia. Una advertencia necesaria porque con cada día que pasa la desilusión se abre paso y opaca el sentimiento positivo hacia ese país. Colombia encanta y decepciona. El proceso de paz es la mejor muestra de ello. ¿De qué se trata? ¿Se trata realmente de llegar al fin del conflicto después de décadas de guerra y de desplazar a millones de personas? ¿Se trata de escuchar al razonamiento político de la izquierda feroz, canalizada en armas? ¿Se trata de frenar el vínculo narco de guerrillas y paras? ¿O se trata de un reality llamado ‘Todo por el Nobel’ y con el presidente Santos como protagonista?… y todo sin pensar en el colombiano raso.

Todos barren para casa. La FARC, demasiado segura de poder ganar el pulso, juegan demasiado con un frágil preacuerdo, se pasean armados por La Guajira, ya todo es fiesta – sin saber si dos días después de la firma terminan todos en prisión. De momento, poco hacen para tener un brazo político serio; más allá de infladas declaraciones y comparecencias en La Habana, ya se ganaron incluso un ‘tonito cubano’ que poco bueno augura. En Colombia siguen cobrando su ‘impuesto revolucionario’ y el ELN sigue batallando por una causa izquierdista año 1960, pero en pleno Siglo 21. Dos dinosaurios de la izquierda de antaño que poco o nada hacen por el país, pero mucho para llenar sus bolsillos.

Contra ellos opera todo el mal de la derecha reaccionaria colombiana. Si desde Europa entendemos a Merkel o Cameron como derecha, lo que se subsuma bajo esa etiqueta en Latinoamérica es otra cosa. Es la Crème de la lacra, una liaison filonazi, católica, racista y elitista que se niega a todo cambio. Mantienen firmemente un estado basado en la esclavitud camuflada: en el país fashion, un periodista bueno gana 1.5 millones de COP – esclavos de un sistema de medios en manos de pocos y que vomita a diario terribles historias, como la reciente sobre el ahora exviceministro Carlos Ferro, quien cayó por una trama de una red de prostitución masculina (y las tristes secuelas), supuestamente orquestada por el ahora exjefe de la Policía Nacional, el general Rodolfo Palomino. El general, ante la sospecha, dejó su cargo.

Así, el día a día colombiano se construye desde el chisme, el odio y la mala vibra. El importante empuje económico y el esfuerzo de millones de personas que trabajan seria- y sólidamente para un país que se anunciaba como un tigrecito americano, ven mermados sus esfuerzos al tener que obrar en un reino de escándalos e intrigas. El deporte favorito no es el fútbol, es el desprestigio del otro nacido desde la avaricia y desde un sentimiento crónico de inferioridad social. Parece que esa mezcla turbia le puede a Colombia, ya le ganó el pasado y amenaza con ganarle el futuro. Me quedo con una cita de la mejor periodista colombiana – con diferencia – que conozco:

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Conocí las dos caras de Colombia, la de la víbora resentida e interesada, que al darse cuenta que no sacará provecho de vos te trata de escrachar – no sin quedar en evidencia. Esa Colombia del fútbol, de toros y putas. De burros con plata e interesados. Pero también conocí la mejor cara de ese país, yo me quedo con esa mejor cara, pero para que una sociedad, especialmente la colombiana, saque sus pies del lodo y prospere, parece faltar mucho. La firma de la paz sería un parteaguas. ¿Quién ganará? La cara más barata de Colombia lidera las encuestas …